De Chiloé ya no vienen. Ni siquiera a visitarnos

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Por Ramón Arriagada.-

Es hora de reflexionar sobre el poblamiento de nuestros territorios australes. Por muchos años ya no llegan los migrantes tradicionales provenientes de Chiloé. En nuestras estimaciones, siempre hablábamos de la existencia de una motivación “telúrica” del chilote, de mirar hacia el sur en sus proyecciones de vida. Sin ello no habría sido posible  el poblamiento de la Patagonia chilena, ni menos la argentina.

En el libro “Revolución salmonera”, publicado dentro de la colección “Estudios Urbanos UC”, dedicado a las transformaciones y paradojas de Chiloé ante la llegada de los establecimientos salmoneros, entrevistan a los empleados de esa industria, quienes relacionan a Chiloé con una serie de cualidades que se asocian a la naturaleza, la tranquilidad y seguridad.

Los entrevistadores concluyen enfáticamente respecto a la futura movilidad de los consultados, trabajadores salmoneros: “Así, por ejemplo, se manifiesta un fuerte rechazo a la posibilidad de instalarse en las regiones de Aysén o de Magallanes, a pesar de que reconocen que ahí existen mejores oportunidades laborales hoy en día (todos comparten la idea de que ahí hay más demanda de trabajadores y mejores sueldos). En su opinión, el clima adverso y la baja conectividad de esas regiones constituyen factores que no pueden ser compensados económicamente, al menos no en las condiciones que hoy se plantean” (Pág. 173)

Fueron pocos quienes repararon sobre los resultados previos entregados por el Ine, respecto del último Censo de Población y Vivienda del año 2017. El campanazo debiera haber sido antes, si no hubiese mediado el desaguisado metodológico del Censo del año 2012; pues bien, los resultados preliminares dicen que somos tan sólo 165.593 habitantes en Magallanes, apenas 14.767 ciudadanos más que en año 2002, crecimos pobremente un 9,79 por ciento. Ello, significa, que Puerto Natales subiendo en la misma proporción, no logrará los ansiados 25 mil habitantes. La cantidad de habitantes de Punta Arenas en el año 1920.

Partiendo de estos números es evidente que seguiremos teniendo territorios despoblados.  Aún no somos capaces de ser una región que atraiga y retenga migrantes, ni siquiera podemos retener nuestras generaciones jóvenes y nuestra descendencia para hacer su vida aquí. Esto, incluso, puede llevarnos a cuestionar el turismo, como actividad económica ascendente, pues no se ha constituido en nuestra palanca para el desarrollo; aquí no ha habido eclosión ni explosión, sólo una actividad temporal de subsistencia, con mucha empleabilidad sin radicación. Lo mismo se puede argumentar sobre la actividad salmonera y sus repercusiones en la radicación de nuevos pobladores en Magallanes.

Es posible que el espejismo distorsionador respecto a “que somos más” tiene su origen en la cantidad de mini-casas entregadas, “sin deudas”,  como dice la publicidad oficial. Es cierto el 2002 había en Magallanes 48.376 viviendas, en el Censo de 2017, se registran 64.800, es decir, 16.424 viviendas nuevas, esto es en 15 años. De acuerdo a los viejos textos demográficos al ser multiplicada por cuatro, debiera haber un incremento de por lo menos sesenta mil pobladores. ¿Qué pasó entonces? Buena  hipótesis para un estudio financiado por el Core.

Le creo a una trabajadora social, ligada a estas instancias. Me ilustra con datos de alumnos matriculados en la educación natalina y muestran una tendencia preocupante a la disminución. ¿ Pero entonces quienes ocupan las nuevas viviendas y las por entregar? Ella, mi consultora,  tiene la respuesta a flor de labios: madres solas separadas o bien madres solteras, hombres solos de oficios en las salmonicultura o el turismo,  ancianos separados de sus familias (por qué te marchas abuelo), arrendatarios extranjeros en condiciones de hacinamiento. 

Es decir, si esto no es generación de marginalidad y desintegración familiar, ¿Cómo llamarlo o calificarlo?.

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