Por Ramón Arriagada-Ley Seca para Puerto Natales

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Vista de Plaza de Armas de Puerto Natales

Buscando en los diarios de la época he llegado a la conclusión que nunca hubo antecedentes serios y trascendentes para declarar la Ley Seca en Puerto Natales. Esta absurda determinación del nivel central que tuvo como origen el Decreto Nº 4156 del Ministerio del Interior fue dictada en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo en octubre del año 1955. La ciudad tenía por aquellos años una población de 10 mil habitantes, la mayor parte de ellos trabajadores de los frigoríficos y del mineral argentino de Río Turbio.

Los hechos recogidos de ese período me llevan a concluir que el gobierno de Carlos Ibáñez fue poco atinado en su relación con los natalinos. En una columna anterior hice referencia a un discurso del Presidente desde uno de los balcones de la municipalidad, donde atribuyó los pocos logros cívicos de la comunidad que lo escuchaba estoicamente, a una supuesta mala elección de los representantes del pueblo que se habían entrevistado con él; “apenas saben leer y escribir” les enrostró y luego se fue al aeropuerto a tomar el avión de regreso a Punta Arenas.  Gesto poco digno, pues, se había preparado un gran banquete en su honor.

Luego, la afrenta de declarar Zona Seca, que marcó a fuego a una comunidad con la impronta de ser un pueblo de tugurios y borrachines.  Seguramente, se dejaron llevar por absurdas interpretaciones, al ver la cantidad de copete  bajado de los barcos arribados desde el norte. Es posible alguien sin conocimiento del factor “alcohol absoluto”, dividió los litros desembarcados por la cantidad de habitantes y le dio una cifra exorbitante. Hasta los lactantes tenían a su disposición una “chuica” per cápita. Pero, la realidad indicaba, que mucho de ese trago partía hacia el país vecino, donde mineros del carbón necesitaban libar el manjar de los vinos chilenos, y así remover el carboncillo de las  gargantas al terminar las tareas de extracción en las galerías subterráneas del mineral.

El pobre alcalde natalino enviaba misivas al nivel central. Una de ellas señalaba, “En la ciudad de Natales no existe ausentismo obrero a consecuencia de la embriaguez y las causas por infracción a la Ley de Alcoholes, según el Juzgado de Letras, fallada de acuerdo con los partes de las comisarías de Carabineros, son mínimas, a saber : año 1952, 24; año 1953, 9; año 1954, 16 y año 1955 hasta octubre, apenas 55”.

Para colmo el día 24 de diciembre de 1955 se produce un impasse entre las agrupaciones de trabajadores de campos y frigoríficos con la Asociación de Ganaderos, trayendo como resultado el inicio de una huelga, en pleno período de trabajos de temporadas en los campos y faenamiento de ovinos. Así, en enero de 1956 había un caos laboral en todo el territorio magallánico, ya que en solidaridad a los trabajadores del campo, habían parado otros gremios.

Los días 9 y 10 de enero de 1956, el gobierno ordena la detención de todos los dirigentes ligados al paro, once de ellos son detenidos en Punta Arenas. Entre los apresados están Roberto Eugenín Navarro, Héctor Vargas Peñailillo, Francisco Padín Reynaldos, Luis Toledo Gallardo, más  siete dirigentes, todos ellos pertenecientes a la Cut. En tanto, de Puerto Natales, parten detenidos hacia la capital del territorio: Antonio Gómez Alderete, secretario general de la  Cut natalina; Alfredo Oyarzo Torres, Angel Cabanas Mansilla, Juan Pacheco Soto y María Chacón Pérez.

El  periódico El Productor, ligado a los trabajadores en paro, en su edición del 12 de febrero de 1956, señala que van ya 35 días del movimiento huelguístico y los detenidos se encuentran relegados en Porvenir. Elegir a Porvenir, merece el siguiente comentario, “Por obra y gracia del Estado de Sitio, Porvenir se encuentra convertido en un pequeño “Pisagua”, lo que muestra lo injustificado que se demuestra por este esforzado pueblo, digno de mejor suerte y que hoy está librado a su propio destino, ya que en vez de solucionarles los problemas, se les convierta en cárcel para dirigentes obreros, como si ya no valiera más que para desempeñar su triste misión”.

Y eso que a Carlos Ibáñez del Campo lo llamaban el General de la Esperanza.

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