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El 12 de febrero de 1971, el entonces presidente de Chile Salvador Allende Gossens, firmó el acta de traspaso de la ex editorial Zig Zag. Creando así la Editorial Estatal Quimantú y transformándolo en un fenómeno sin precedentes en la historia cultural de nuestro país, este es un punto que a nuestro juicio no ha sido revisado en profundidad, ni siquiera por los partidarios del régimen de la Unidad Popular.

De acuerdo al diccionario mapudungun Kimn significa saber y Antú se traduce como sol, de manera que su significado sería “Sol de sabiduría”. Lo más relevante, desde sus inicios, fue la abierta participación de los trabajadores en la dirección de una empresa de carácter estatal, cuyo único fin era aportar en forma directa al desarrollo de la sociedad.
Se presentó ante nosotros, los jóvenes de la época, una enorme oferta editorial que vino a satisfacer un espacio que no se había explorado en este país, el ámbito de la cultura, que estaba reservado solo para las clases privilegiadas. Recuerdo los sabios consejos de un profesor “chicos, dejen de fumar una cajetilla de cigarrillos y compren un libro”. Como no fumaba, con mi escaso presupuesto de estudiante provinciano, podía adquirir un libro semanal, que tal como señalaba don Carlos Mejía, costaba menos que un paquete de cigarros.
Para nuestro deleite aparecieron las colecciones, como por ejemplo, los “minilibros”, que reunían en pequeño formato los clásicos de la literatura universal. Por primera vez los trabajadores chilenos pudieron acceder a los escritos de Emilio Salgari, Fedor Dostoyevsky, Edgard Allan Poe, Thomas Mann, Hermann Melville, pero también teníamos la literatura nacional con Gonzalo Drago, Baldomero Lillo, Pablo Neruda. La colección “Nosotros los chilenos”, un verdadero acierto, dirigida por Alfonso Alcalde, recogía todos los aspectos de la identidad nacional, historia, geografía, deportes, arte, cultura y tradición. Guardamos en nuestra biblioteca como un verdadero tesoro los ejemplares de esta colección; “El boxeo en Chile” de Renato González, el recordado Míster Huifa. “Islas de Chile” de Hernán San Martín. “Leyendas Chilenas” de Jaime Quezada. “Chiloé, archipiélago mágico” de Nicasio Tangol y la genial “Comidas y Bebidas de Chile” del propio Alfonso Alcalde. Textos que de puro placer bibliófilo les hemos dado más de una vuelta de tuerca.
Se publicaron revistas pensadas para todo lector, “Cabrochico” para los menores, “Paloma” para las mujeres, la revista juvenil “Onda”, la quinta rueda”, “La firme”. En el ámbito del comic estaba “Espía 13”, “Far West” y “El Manque”, que recreaba la vida de un heroico bandolero chileno. Por primera vez estos textos llegaban al público en su totalidad, no solo a través de las librerías, sino que a través de los kioscos de diarios, lo que disponía de una nueva forma de distribución, más ágil y más cercana al pueblo en general.
A esto se suma el nacimiento de la “canción nueva” con representantes como Víctor Jara, Patricio Manns, Inti Illimani, un grupo de rock que ya nadie recuerda; “Frutos del país” y el resurgimiento del teatro chileno con compañías teatrales como ICTUS, Compañía de los cuatro, El Túnel, El Aleph. Así el medio artístico y cultural chileno se vio embarcado en una gran dinámica de transformación social y cultural, que fue bruscamente truncada.
Para los que gustan de cifras duras, podemos decir que los tirajes de ejemplares en los meses más flojos llegaban a treinta mil, en meses de alza hasta setenta mil. Quien batió todos los récords es Gustavo Adolfo Becquer, en la colección “minilibros” con “Rimas y leyendas” alcanzo la edición de cien mil libros, tal como lo oye, “no te pasaste ni te quedaste”, como decía un conocido vecino de la localidad. En dos años y medio, Quimantú publicó doce mil noventa y tres millones de volúmenes de 247 títulos diferentes de la literatura nacional y universal, de los cuales, al momento del golpe militar, se habían vendido a precios populares once mil ciento sesenta y cuatro millones de ejemplares.
El abrupto fin de la Editorial “Quimantú” se produjo el mismo 11 de septiembre de 1973. En la noche negra de la dictadura, se decretó el silencio de los medios de comunicación y de las imprentas. Los libros fueron a parar a una ignominiosa hoguera que se extendió por todo el país. Se pretendió borrar la memoria de un pueblo. A la clandestinidad pasaron los libros y las personas. El poeta y amigo Aristóteles España, siendo dirigente estudiantil, con 17 años, fue detenido y enviado a los horrores de la isla Dawson.
En la década de los ochenta, en las librerías de viejo, comenzaron a aparecer tímidamente ejemplares de la editorial “Quimantú”. Hemos tenido el buen cuidado de irlos rescatando, como quien da la bienvenida a un viejo amigo, de otorgarles un buen lugar en nuestra biblioteca. De decirles que nunca los hemos olvidado que forman parte de nuestra más temprana formación humanista y social.
Querido Tote, esta crónica, como homenaje a tu incansable lucha en la justicia y la libertad.

JORGE DIAZ BUSTAMANTE
PUERTO NATALES, AGOSTO 2019

*La Imagen corresponde a una marcha de los trabajadores de Editorial Quimantú

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