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Autor : Hugo Vera Miranda

Publicado por “El Magallanes” día Domingo 1º/10/2017

Fue el día en que Natales se quedó sin papas. Mi madre antes de morir me dijo: huye y escribe. Escribe el sufrimiento tal cual, no agregues nada, cuenta la verdad. Cuenta lo que hemos pasado y que Dios te bendiga. A más de treinta años de la tragedia, recién ahora estoy en condiciones de escribir la epopeya. Murieron mis padres, mis tíos, mis primos y sobrinos. Mucha gente amiga que adoraba. Junto con ellos también se murió Puerto Natales. Por lo menos ese Puerto Natales que yo conocí. Que tanto amé. Una Arcadia apacible en donde el puma, el ñandú y el zorro coexistían pacíficamente con un pueblo de ganaderos, mineros y pescadores, todos ellos inocentes de toda inocencia. El paseo por la plaza, la misa en latín y la matiné de los domingos. El juego del trompo y las bolitas.

El fútbol de todos los días, el intercambio de figuritas, los besos primeros y la urgente sensación de la premura del deseo. Junto a una vida bucólica, siempre tuvimos la sensación de vivir una vida fuera de lo común. Un lugar en el mundo en donde pasaban cosas extraordinarias y que no nos llamaban particularmente la atención. Recuerdo perfectamente que cada dos o tres casas, se vendían o intercambiaban libros y revistas. Una cosa desusada para la época en contraposición a otros pueblos vecinos. En algunos registros de aquel tiempo, aparecía Puerto Natales, como El pueblo lector. Aquello no nos daba precisamente cierto real orgullo. Para nada, sino que era tan normal para nosotros, como beber la sangre del cordero pascual en cada diciembre. La gente leía, trabajaba, jugaba. Casi en perfecta armonía. Todo en un maravilloso entorno.

Montañas rojas, glaciares agrietados en azul, verdes praderas, fiordos enloquecidos, guanacos rampantes. Traigo a colación lo de los libros, para daros a conocer el impacto que pudo haber causado García Márquez entre los natalinos. Téngalo por seguro que ninguno. La verdad que Macondo era un pálido reflejo de la magia de nuestro pueblo. Aquelarres constantes en el cerro Dorotea. Brujos convirtiéndose en gatos. Pumas devorándose pescadores. Payasos asesinos. Putas en carromatos por el pueblo. Monjas a caballo. Muertos dando discursos dentro de su ataúd. Nada nuevo bajo el sol. Nada nuevo bajo el sol de Natales. Es que de esas y otras historias, estábamos hasta la tusa. Todos los días nos pasaban historias que te cagas. Y se volvían rutina.

Historias como la de Domingo Santos. Gaucho a carta cabal y a mucha estima. Que un día en Torres del Paine, se atragantó con un huesillo. A punto de morir, ya casi sin respirar, morado moradísimo. Su compañero de faenas fue en su rescate y le cortó el cuello con su facón. No morirás como un perro le dijo. Ahora respira, agregó. Y respiró. Y lo salvó. Lo tendió sobre un caballo, lo amarró bien amarrado y lo llevó hacia el pueblo. Tres días y tres noches sobre el caballo. Por entre los matorrales y la nieve. Con caballos navegando sobre pantanos. Irguiéndose por entre el pardo oscuro de la turba. Sin descanso, hasta llegar al pueblo. Lo salvó. Acaba de morir don Domingo Santos. Después de sesenta años de esta historia.

Por cosas como estas es que el realismo mágico de Aracataca nunca entró al pueblo. Pero el día en que Natales se quedó sin papas, supera todo relato imaginable. Por ejemplo: Mi madre, pelaba las papas y luego preguntaba qué nos gustaría comer. Aquello significaba papas con carne, papas con pescado, papas con pollo, papas con puma -en ese tiempo no era especie protegida- papas con harina, papas con cilantro, papas con habichuelas, papas con guisantes, papas con tomates, papas con pingüino, papas con algo. Toda nuestra vida giraba en torno a la diosa Papa. Los viejos sabios del pueblo, que extra- ñamente eran los que menos sabían, aseguraban que las papas corailas, servían para endurecer una parte específica de un músculo determinado del hombre.

Luego también se usaban para bajar la fiebre. Se cortaban en rodajas, se la ponían en la frente del calenturiento y se lo amarraba con un pañuelo. Puedo dar fe que la fiebre se iba en un santiamén. También en noches de San Juan, servían para saber el derrotero del destino humano. Los marineros la usaban para seguir el rumbo de su embarcación. Existía entre los niños natalinos, un cuento muy hermoso en donde Eva le invita a comer una papa a Adán y él renuncia a comer la papa. Luego seguía toda una saga, una larga y brumosa historia hasta terminar en Hiroshima y Nagasaki.

También la papa, como ya sabéis, servía para hacer unos licores embriagantes y contundentes. Y no hablo del vodka polaco, sino de un licor que fabricaba gente del pueblo, que antes de beberlo, tenías que tener preparado tu testamento, en donde legabas lo que tenías al cuerpo de Bomberos del pueblo, asumiendo toda la responsabilidad y renunciando a toda ayuda exterior. Aquel viernes el día había amanecido espléndido y el ferry ponía proa hacia Puerto Natales. Dejaba atrás un Puerto Montt gris con sus dolorosas esculturas boterianas esperpénticas. Serían tres días como los de siempre. Fiordos, canales, caídas de agua, mar embravecido, turistas mareados, camiones con vituallas y papas para abastecer al pueblo.

El capitán, un tranquilo marino avezado, con plenos poderes en situación de mando de la nave. Un viaje de rutina y hastío. Fue hasta el segundo día en que la cosa se fue complicando. Y no fue por vientos ni mareas, ni por algún desperfecto de la nave, sino por el ingreso a la sala del capitán de tres turistas catalanas de Santa Coloma de Gramanet. Y así el viaje se fue haciendo. Se fue haciendo más entretenido para el capitán y sus lugartenientes. Las catalanas, unas chavalas preciosas y divertidas. Generosas en arrumacos y con un desparpajo al más alto nivel. Entre fiordo y fiordo la cosa se fue animando. Licores a raudales y las bragas que salían disparadas rumbo a cualquier parte del Pacífico. ¡Coño, qué grande la tenéis los chilenos! ¡Es que la estamos pasando de su puta madre! Y así. Hasta llegar a chocar contra el muelle de Puerto Natales. Un muelle destrozado por el jolgorio. Por un capitán borracho y una tripulación alucinada que dormía a pata suelta. Se tardarían tres meses en reconstruirlo. Tres meses sin el suministro de nuestra querida papa. La ausencia de la papa se comenzó a sentir a la semana. Acaparamiento y mercado negro pusieron la tónica.

Gente deambulando como lemúridos por las calles, con sus ojos fuera de órbita. Alguien cambió su auto por tres kilos de papas. Otros su casa. Alguien cambió a su mujer. Trueques disparatados. El oro no servía de nada. Otros partieron errantes por los campos, tirándose por acantilados. El único hospital del pueblo no daba abasto. Se podía matar por una papa. Una inmensa baba blanca saliendo por la comisura de los labios. Preanuncio de la muerte. De qué vale vivir sin papas, era el comentario obligado. Todo por esas putas catalanas, fueron las últimas palabras de mi tío Albám Miranda. Mi tío Olegario enloqueció, mató a su mujer y a sus hijos y luego se pegó un tiro. Mi prima Yislen se tiró ante el paso del tren a Bories. Eso pasó. Y miles de otros casos que por escabrosos, no me animo a contar. Y ahora lo escribo. Por mandato de mi madre. Me dijo que huyera y huí, me dijo que escribiera y escribí. Que contara el sufrimiento de un pueblo ante la escasez de papas. Ahora llegan miles de turistas, gente que no conoce esta historia. Sí que quedan sorprendidos ante el cartel que está a la entrada del pueblo. Prohibido el ingreso de catalanas.

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