CASA COMERCIAL BRAUN Y BLANCHARD A INICIOS DEL SIGLO XX- AIKE- BIBLIOTECA DIGITAL DE LA PATAGONIA
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ARCHIVOS “ PATAGONIA MÍA”

Fuente: Cuadernos manuscritos de Arthur Button (1951)
Traducción : María Valentina Arriagada

Punta Arenas, más conocida entonces como Punto Arenoso…
“No vayas” Me advirtieron varias personas. “Morirás de frío y allá te espera la miseria. Te enfermarás de bronquitis o neumonía. Está cerca de la Antártica: el clima es de niebla y lluvia. No conocerás otra cosa que hielo, frío y vientos terribles”.
“No sabes lo que estás haciendo. Allá no hay nada. Es una tierra estéril. Verás que en cientos de millas no hay pasto; sólo arbustos aquí y allá. Es un lugar sólo para indios sangre fría, que mantienen incesantemente el fuego encendido. Cientos de ellos viven en los campos y en sus botes al trasladarse de un campamento a otro. Ellos, y las ovejas con cuyos cueros ponen en sus espaldas para mantenerse tibios.
“No es lugar para el hombre civilizado, quien pronto muere si no se va a un clima más cálido”.
“¿Dices que hay granjas de ovejas?. Entonces deben tener corderos; y de seguro, si éstos nacen y sobreviven, también puede hacerlo el hombre.”
“Sí, pero los corderos tienen lana, distinto de los humanos”
“Podré sobrevivir, te lo aseguro”
«I can live, I tell you.»

Escaso interés público en la colonización
Apareció en el periódico de Buenos Aires, con fotos de nieve con metros de profundidad, que permanece ahí por meses. Entregan la tierra para la colonización y el Gobierno no puede acceder a ninguna parte de ella: sólo unos pocos se interesaron en las tierras. El clima era demasiado malo para habitar allí. Los pocos que se interesaron, obtuvieron la tierra al precio inicial de oferta.
Los periódicos fueron claros acerca de lo que podría esperarse. Había fotografías de respaldo. El Gobierno fue muy justo: no se levantarían cargos en su contra si los resultados eran malos. Esas eran las opiniones en Buenos Aires, vecino cercano y Administrador de la Patagonia.
Sin pretender tener mayores conocimientos, creo que en ese entonces (42 años atrás), la gente de Buenos Aires, al igual que en Santiago, sabía muy poco acerca del clima, o del valor de aquellas tierras y su potencial. También creo que los artículos de los periódicos fueron escritos con el propósito de devaluar los terrenos.

Llegada a Punta Arenas
Pasamos primero por Puerto Stanley, en las Islas Falkland. Al llegar a Punta Arenas, nos recibió un clima magnífico. Un poco ventoso, pero soleado. No podría haber deseado un clima mejor.
A excepción de un día con viento huracanado, en que las chimeneas de lata y los techos de zinc se volaron, el buen clima continuó al menos por una semana, hasta mi arribo a Última Esperanza.
“Dices que el clima es bueno”, dijo el hotelero.
“Sí. Me habían dicho que no era un lugar para seres humanos: siempre con nieve, bruma o lluvia. Es exactamente lo contrario a lo que esperaba”.
“Debiste haber estado aquí hace dos semanas. Hubieses deseado que la nieve acabase de una vez, ya que tuvimos nevazones por alrededor de 3 meses”. Y había nieve en canaletas y pozos, demostrando la veracidad de lo que me decía.

Primeras Impresiones
Mi primera impresión de Punta Arenas, desde el buque, fue que de un lugar desordenado y algo inhóspito; vientos fríos, ni un árbol que adornase los jardines de las casas; casi todas las casas de una planta, o mediaguas.
Me impresionó su espléndida ubicación de recibir agua de la mejor calidad. Por detrás, había unos cerros que me recordaron mucho a Lincolnshire, donde tuberías de 2 o 3 pulgadas de espesor y aproximadamente 20 ó 40 pies de largo, abastecían de agua permanentemente. Desde luego, debía tomarse en cuenta la condición de la tierra. Al desembarcar, me di cuenta que todo era totalmente distinto, pero de seguro eso sería arreglado más adelante.
Bueno, no fue difícil desembarcar. Me pidieron saltar a una lancha, y en unos pocos minutos estuve en tierra. Ninguna pregunta, ni siquiera un oficial de policía que me preguntase “¿De dónde viene ud.?”, o algo por el estilo. Era tan libre como un pájaro. No me revisaron el equipaje. Qué cambio de ahora a esos días, y naturalmente así debe ser, ya que cualquier maleante podría entrar con intenciones contra el Gobierno o las personas. Pero puedo decir que el aire, la gente y los alrededores, todo se veía lleno de esa libertad.

Un paseo por la ciudad
En seguida salí a dar una vuelta. La plaza estaba desprovista de árboles o plantas, sólo había barro en ella. Las calles estaban llenas de charcos; las casas y las tiendas eran de todas las formas y tamaños, hechas de lata o madera. La tienda Braun y Blanchard era de lata, con un techo ladeado. Por lo que ví, había cuatro edificios de ladrillo. No árboles, plantas; ni siquiera una flor en las ventanas de las casas.
Cuando volví al hotel, les dije que no había visto árboles, ni siquiera uno frutal de manzanas o ciruelas. Se rieron de mí. En esta parte del mundo no había árboles frutales ni decorativos. No crecían. Sólo estaban los árboles nativos de la región, como cuatro tipos de ellos, y algunas plantas. Las semillas de jardín no germinaban.
Bueno, la verdad no vi ningún jardín. Quizá el motivo era que recién estábamos a principios de septiembre. Pero la razón que me dieron era que aquí hacía mucho frío. Les respondí que el clima de aquí era igual e incluso mejor que el de Lincolnshire, Inglaterra, dos semanas antes del inicio de la primavera.
Así, los días pasaron, y mis caminatas fueron cada vez más largas y adentrándome más en el lugar. Encontré algunos montones de nieve que no me interesaron mucho, pero sí la vegetación. Pude ver que su verdor aumentaba con cada día que pasaba. Encontré raíces de violetas: ese fue un hallazgo maravilloso. Naturalmente, me recordó a las violetas de suave perfume de mi infancia en Inglaterra, cuando con mi hermana salíamos a caminar en busca de ellas. Pero no. Ni el dueño del hotel ni sus clientes las habían visto. No les interesaban las flores, sólo la bebida, por encontrarse siempre sedientos.
Un día, llegué caminando a la mina de oro. Pensé que era una cantera, ya que la máquina giraba sólo sobre piedras, sin mucha señal de arena o tierra. Años después, aquí en Natales, conocí al hombre que operaba la excavadora. Tiempo después, me enteré que se había congelado en su cama, duro como un tronco.

Economía Local
Recuerdo haber visto el café a un precio de entre 80 centavos y $1.20.- el kilo; el tabaco a 20 centavos; las papas entre 50 centavos y un peso el kilo; capón (entero, menos la cabeza) a $2.50.-; parcelas con mediagua entre $1.000.- y $1.200.-, muchas casas para la venta a $800.- y hasta $2.500.-, cuando eran más centrales.
Tomando todo esto en cuenta, era un lugar extraño. No se veían industrias, a excepción de la ganadería de ovejas. No estaba claro lo que compraban y lo que se llevaban. No parecía haber estadísticas ni interés en tenerlas. Si preguntaba acerca del clima, nadie daba una respuesta cuerda. Nadie sabía nada, excepto que este invierno no había sido tan malo como el anterior, o que este verano había sido mejor que el pasado.
Me complació ver una cosa: el 18 de septiembre, o día de la Independencia. Hicieron una feria en la plaza que los ciudadanos de Punta Arenas quisieron fuese un éxito. Me encantó eso. Hubo competencias deportivas, apuntarle a una manzana colgada de un hilo y otros juegos de a caballo.
Bueno, estaba próximo a abordar el vapor hacia Última Esperanza, cuando algo sucedió en mis interrogatorios. “¿Ha cultivado alguien algo nuevo para el país?” “Sí, en Última Esperanza han plantado avena”. Eso era una maravilla, y motivó una larga discusión en torno al bar. Entre trago y trago, el crecimiento de la avena y descubrimiento del dinosaurio (o Milodón) era el tema principal”

Descubrimiento de Oro
Gold discovered
Se venía un nuevo acontecimiento. Un amigo residente del hotel había encontrado un trozo de mineral en el patio, lo suficientemente grande para decir: “Sí, es oro”. Un viejo pirquinero que se alojaba había opinado lo mismo, pero ya no le interesaba el tema. Tampoco me interesaba a mí, ya que me pareció que el trozo estaba tan pulido como si hubiese estado en el bolsillo de alguien por mucho tiempo.
Sin embargo, el hombre estaba más que interesado y, alentado por los demás en sus jaranas, le dijeron que llevara el trozo al tasador de minerales. El dueño del hotel sugirió: “Dile que venga aquí, para que vea el lugar en que lo encontraste y diga si pudiese haber más”. El hombre fue y hablaron. El pedazo de oro, sin duda, había caído del bolsillo de alguien al ir al WC.
Cuando el tasador llegó, empezó la diversión. “Sí, era oro. Había sido la baratija de alguien, quebrado para lucir como una pieza sólida, y luego llevado en el bolsillo por mucho tiempo. En el patio no había nada más que mugre”. Pero, naturalmente, bebieron demasiado, y para el momento que había terminado de examinar, todos estaban bastante ebrios. Un trago vino después de otro, hasta que el tasador quedó completamente ebrio.
Uno de los hombres lo llevó a su casa, y a la mañana siguiente llegó la cuenta. Habían tomado champagne, whisky, gin y oporto por un total de $120.- Mi amigo del hotel no sabía que habían bebido tanto. Gracias a Dios no acepté ningún trago. Había sido sólo un truco, y la esposa del tasador estaba asustada a muerte con la borrachera espantosa del marido.
Así era la mayoría de las personas que llegaban a Punta Arenas. Me pareció que había más extranjeros que lugareños, quizá porque la mayoría de ellos trabajaba en los campos.

Viaje a Última Esperanza
Finalmente, me embarqué hacia Última Esperanza. Me pareció que los islotes del canal eran muy bellos, casi todos cubiertos de árboles; muy distinto a lo que sería años después, cuando pasé y vi que casi todos habían sido quemados. Luego de pasar por la sombra de las montañas, el María Narrows, se abrió al magnífico sol y calor. Esto, pensé, respondió a las terribles ideas respecto del clima frío. Apenas llegaba la primavera, y el clima era igual o mejor que el de Inglaterra en la misma época del año. Llevaba 3 semanas siendo bueno.
Al pasar el vapor por Natales hacia Puerto Prat, desde un bote le señalaron al capitán que se detuviese. Al subir, el hombre del bote le preguntó si llevábamos harina. “¿Podía regalarles un poco?. No habían comido pan en muchas semanas”. La respuesta fue “No. Está en las bodegas. No es possible descargar aquí”. Deberían seguirlos a Prat o esperar hasta que volviesen a descargar en otras tiendas.”
Así, seguimos. Había muchas bandurrias. Hacían sus nidos en los bosques cercanos al río Natales. Me recordaron muchos a los roqueríos de cuervos cercanos a nuestro pueblo en Inglaterra. También vi patos de varios tipos, cisnes blancos y de cuello negro. Pensé que este país era espléndido, ya que había vertientes de agua muy adentrada la costa. Años después, comprobé que había acertado en mis impresiones, ya que en un viaje a Punta Arenas me encontré con un banco de manantiales en Dorotea. Esto fue antes que Natales se levantara, ya que en aquél entonces sólo había un almacén de Stubenrauch y un hotel.

Cada hora del viaje parecía traer mejor clima. Era un país delicioso. Quizá me sentí tan bien y aprecié tanto el clima, ya que no esperaba encontrar más que frío y miseria.

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