Rimsky Rojas
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Ese día domingo 13 de agosto del año 1995, hacía diez años que no ingresaba a la Catedral de Punta Arenas; Angélica nuestra amiga nos invitó a la misa de las 12 horas. Estábamos muy preocupados, ya que el día anterior habíamos pretendido regresar a nuestro Puerto Natales en vehículo particular y Carabineros de Kon Aiken, nos cerró el paso, pues la cantidad de nieve caída había traído consecuencias desastrosas en el camino. La provincia de Ultima Esperanza estaba sufriendo los avatares del “terremoto blanco”, de tan triste memoria.

El ir a misa ese día nos permitiría calmar nuestras aprensiones sobre la cantidad de días refugiados en un hotel puntarenense; además nuestra amiga nos aseguraba entusiasmada, que estando la ceremonia a cargo del padre Rimsky, prometía un boato y exaltaciones de espiritualidad pocas veces vista. Angélica  esperaba el acontecimiento litúrgico de la semana con ansias. Era creyente y hacía  referencia al contexto de la prédica del padre Rimsky, crítica social descarnada desde el púlpito a la sociedad puntarenense que tenía un templo paralelo en la Zona Franca, donde se practicaba el culto al consumo.

En los años de dictadura, el obispo Tomás González, nos llamó a un grupo de profesionales, para prestar nuestro apoyo desinteresado en las tareas solidarias de la Iglesia. Me tocó colaborar en la pastoral de las migraciones, prestando apoyo en estudios de movimiento de chilenos hacia la Patagonia argentina. En años de bestialidades hacía bien ir los domingos a la Catedral a escuchar voces reflexivas e inspiradas en el cristianismo y así entender la tragedia de nuestra patria.

Alejado de la docencia universitaria y ya en Puerto Natales, recordaba esos momentos en que la Iglesia nos albergaba, pese a que muchos no éramos católicos practicantes. Después de 15 años, yo estaba nuevamente con mi familia, refugiados del terremoto blanco, esperando una eucaristía que prometía, pues la Catedral, estaba con un público desbordante, esperando lo que nos ofrecería el padre Rimsky Rojas. 

Por los comentarios de quienes se iban congregando, lo del “terremoto blanco”, era tema  obligado, señal del impacto que provocaban las noticias llegadas de Ultima Esperanza. En tanto, coros de jovencitos solfeaban, para estar en el tono. Vino a continuación un silencio y los coros irrumpieron con toda su fuerza vocal. Nos ponemos de pie. ¡Hosanna Hey, sana, sana, sana, oh, sanna hey, sana oh, sanna oh Jesús, Jesús, muéstrame la luz sanna oh, sanna hey, superstar!!. 

Avanzando por el centro del pasillo nuestro personaje, rodeado de un séquito de niños de caras angelicales, albas casullas, dalmáticas de anchas mangas, decenas de ellos. Rimsky no recuerdo si de gorro llevaba una mitra sin ínfulas o su birreta tan tradicional, brillante era su estola de ministro ordenado. No recuerdo si llevaba un bastón como  símbolo del pastor de ovejas. Hablando de sensaciones la térmica del templo era para arrugar corazones. Se me vino a la mente la Marcha Triunfal de la Opera Aída con su “Gloria a Egipto” y las trompetas estornudando solemnidad. Luego los perfumes domingueros fueron opacados por la quema de resina de incienso. Una escena guardada para siempre en el subconsciente colectivo.   

Luego vendría la prédica de Rimsky Rojas, dura y castigadora hacia la feligresía, acusando a los asistentes de estar en la misa motivados sólo por  el arribismo; a los estudiantes salesianos allí presentes, ajenos al espíritu de Don Bosco, con vestuario y zapatillas de marcas. Eran años de consumismo como fenómeno de masas y nuestro personaje no quería a sus seguidores, llevados por ese afán perverso.

La dictadura y el militarismo en retirada, una democracia con todas sus trabas, el inmovilismo social, el protagonismo social era otro y la Iglesia en Chile sin comprender los cambios, daba espacios a personajes como Rimsky Rojas, hoy acusado como el principal sospechoso de la desaparición del estudiante salesiano Ricardo Harex, que amenazaba a todos aquellos refractarios a sus profecías con un “No van a entrar” al cielo donde estaba su Dios.

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